Ansío la marcha de Coronavid19: ¡te veo pronto, amiga!

Otro día más viviendo con el forastero Coronavid19. Parece que va a estar por el pueblo unas semanas más. No quiero ser desagradecida. No suelo serlo con nadie. Pero… he de decir que somos incompatibles. Será una cuestión de genes, de química ¡de qué sé yo!

He preguntado, quería informarme, la incertidumbre me estaba carcomiendo. La ciencia ha diagnosticado que no estamos hechos el uno para el otro: la cura tardará en venir. Este dichoso, bicho de vecino, me ha hecho confinarme en mi casa para no toparme con él ¡mira que es contagioso!

Es muy tóxico: me preocupa en demasía. La ha tomado con el vecindario. Se ha propuesto que no salgamos de nuestros hogares. Realmente se ha convertido en un sopor. Un horror. Ha transformado nuestras vidas, nos ha enclaustrado cual cuevas tapadas. Nos ha obligado a ocultarnos, nos ha enterrado. Ha cortado nuestras alas, esas alas que nos daban libertad, que nos permitían volar, tropezar, respirar aire puro, trabajar, relacionarnos con los demás, tocar, sentir… en definitiva ¡hacer lo que nos apeteciera! Teníamos licencia para decidir, para actuar, para dar pasos; equivocados o, no.

He sabido, a través de los medios de comunicación y las redes sociales, que ciertos habitantes se han cruzado con Coronavid19. Es tan egoísta, tan rencoroso que, con un solo apretón de manos, los ha envidado directamente al hospital. Los deja débiles y necesitan cuidados intensivos durante semanas. Aquellos con patologías previas, lamentablemente, en su mayoría, no lo han superado. Afortunadamente contamos con ayuda desinteresada, que arrima el hombro a pesar del peligro.

Todos somos víctimas de este vecino desconocido, que apareció un día, y ahora se está cebando a gusto. ¡Qué mala baba se gasta Coronavid19!  Él es consciente de su nefasta fama. Está disfrutando, se está regodeando.

¿Sabes? Con mis hermanas, en charlas distendidas hemos comentado, coincidimos en que gracias a él hemos recuperado las buenas costumbres.

No es la forma, por supuesto que no, claro que no, no era necesario ser tan drástico.

El caso es que desde hace 19 días tengo más contacto con Estitxu y Miriam. Nos ha dado por una tontería. Como no podemos reunirnos en persona, para evitar un encuentro fortuito con el dichoso vecino, hemos decidido desquitarnos por Skype.

Contamos nuestro día detallado al máximo. Grabamos vídeos y nos los enviamos. Son los grandes tesoros del 2020.

Es gracioso: nuestra ama, mi cuñado, los sobrinos y Tao e Hiru, los perritos, se unen a nuestras conversaciones. Lo más curioso es que a ellos les “mola el tema”. Forman parte de nuestro juego.

Nunca habíamos compartido tanto, aunque el buen rollo siempre ha estado presente, en estos momentos se ha intensificado.

También te tengo que contar que yo no sé qué nos ha pasado. Supongo que será que todos opinamos lo mismo sobre Coronavid19. Es tan agresivo que ha conseguido que se nos “vaya la pinza”. Como cruzarnos con él no es una opción, y estamos extasiados por el confinamiento nos da por quedar a las ocho, o a las nueve cada día.

Es sorprendente y emocionante. Nos asomamos a la ventana o, a la terraza. Charlamos, aplaudimos. Sí, aplaudimos para apoyar a todos los que están echando una mano, una mano gigante; médicos, periodistas, personal de supermercados y limpieza, transportistas, repartidores, investigadores… ¡Son muchos! A algunos de ellos, en estos tiempos que corren, los valoramos más de lo habitual.

El forastero Coronavid19 ha venido aquí para amargarnos unos meses la existencia. Nos ha confinado a todos por miedo. Él carece de lo más importante.

Él está solo. Tiene mal genio, es duro de roer, sí.

Pero nosotros somos más. Estamos unidos, e insisto, él está solo.

Nosotros lidiamos con él. Luchamos contra él.

Asomaremos la cabecita, zarparemos y resurgiremos de este socavón en el que estamos inmersos.

Conseguiremos que se marche lo antes posible.

Te veo pronto, amiga Eli.

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