Sexto día de epidemia de coronavirus: hoy más que nunca necesito a mi gente

Por Leire Agüero

Sexto día de coronavirus. Sexto día de confinamiento. Sexto día de dudas, de miedos, de agobios.

Encerrados, atrapados.

Infinidad de interrogantes me han invadido esta mañana. He preparado la lista con todo lo que necesitaba. Los guantes, un accesorio imprescindible; no tocarme la cara, el protocolo a seguir.

He respirado profundamente, y he salido al exterior.

Nadie había a mi alrededor: una instantánea nefasta, en un lugar en el que la playa, el monte, el deporte y el socializar es el pan de cada día. Me alegra saber, que los vecinos, somos conscientes de la situación que estamos viviendo.

Al llegar al parking, una sensación de medio paz llegaba y cubría mi cuerpo. Los vehículos podía contarlos con los dedos de la mano. Al aproximarme a la entrada esperaba encontrarme con eternas colas, policía desbordada, gente histérica… Nada de eso ha ocurrido. He entrado al supermercado con mis guantes, manteniendo la distancia prudencial con el resto, y con la lista posada en el carro.

Mi experiencia hoy ha sido muy diferente a cuando el coronavirus no vivía entre nosotros; miedo al tocar los productos, miedo a moverme, miedo a rozarme… El miedo llamaba al miedo.

Llevábamos guantes, algunos mascarillas o, bufandas haciendo las veces. Nuestros rostros lánguidos no sabían muy bien cómo reaccionar.

El personal del supermercado transmitía tranquilidad: absolutamente amable, con una sonrisa asomando en sus caras. La música sonaba de fondo como si esta epidemia no estuviese sucediendo.

Limpiaban y limpiaban mientras la megafonía nos repetía una y otra vez, que respetásemos la distancia de metro y medio entre nosotros, que usáramos los guantes, que comprásemos con consciencia… Nuevas medidas de racionamiento se han impuesto: solo se puede comprar cuatro unidades del mismo producto.

Este día en Eroski ha sido distinto, de esos que te marcan de por vida por la tristeza que desprenden.

Un cliente ataviado con unos guantes blancos, largos y relucientes, y una mascarilla cubriendo la parte inferior de su cara,  al verme acercarme ha salido despavorido como si yo fuese “un virus con patas” dispuesto a infectarle.

Durante unos segundos me he paralizado.

La realidad es que se respiraba tristeza, terror, caos, desastre… El hilo musical era la única nota de color entre tanta melancolía.

Mientras caminaba por las distintas secciones, con la lista entre mis manos, sensaciones inconexas viajaban en mi cabeza. ¿Qué nos está pasando? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Es esto real?

Hasta hace unos días éramos libres. ¡LIBRES! Ahora somos presos confinados en nuestros hogares. Libertad, preciada libertad: ese gran tesoro que solo valoras cuando lo has perdido. Nunca, jamás la había apreciado tanto.

En este sexto día de confinamiento somos cual pajaritos, encerrados en una jaula con pienso y agua para sobrevivir cada día. Una tediosa vida, que nos va a acompañar a corto, medio plazo.

Hoy, hoy más que nunca, necesito a mi gente, a mis amigos, a mis hermanas, a mi ama. Hoy más que nunca necesito compañía.

Rogamos que esta agonía se acabe.

Por nuestro bien, y por el de todos nos quedamos en nuestras casas.

Juntos, unidos, para acabar cuanto antes con este virus, para recuperar nuestras vidas, para recobrar nuestra libertad.

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