La epidemia del coronavirus: reducir la inversión en ciencia, investigación y desarrollo no es una opción

Por Leire Agüero

Decreto de alarma en toda España, epidemia, crisis, infectados, coronavirus… términos que resuenan en el aire en los últimos días.

Todo comenzó el pasado 17 de noviembre: el primer caso en el mundo de coronavirus. El paciente cero, de 55 años procedente de la provincia de Hubei, epicentro de la epidemia.

El COVID-19 es una enfermedad infecciosa causada por un nuevo virus que hasta la fecha no había sido detectado en humanos. Provoca una afección respiratoria como la gripe; tos, fiebre… En casos graves puede producir una neumonía. Lavarse las manos regularmente, y evitar tocarse la cara es uno de los pasos prioritarios a seguir para protegerse.

Sentarse frente al televisor y escuchar los informativos genera una mezcla de miedo, tristeza, aflicción… uno no acaba de creerse lo que está sucediendo.

Calles, plazas, parques, playas, colegios, universidades, teatros, empresas, servicios públicos… todo vacío; lo que antes eran lugares concurridos, donde cientos de personas se reunían, ahora ni un alma respira y camina, salvo algún rezagado, imprudente.

Esas películas de terror que vives imaginariamente se han convertido en una pesadilla hecha realidad. Una realidad que no divierte. Experimentarla en primera persona no entretiene, da escalofríos; se palpa hasta en lo más profundo. Imaginas esas tramas en las que no puedes salir de casa porque respirar el aire significaría el contagio; esas en las que tienes que encerrarte a “cal y canto” porque la polución está arrasando con la población o, aquellas en las que dejar entrever la luz de tu hogar atraería a zombies sedientos de alimento.

Es en estos críticos instantes, cuando la consciencia cobra vida, y en nuestra escala de valores, el ser humano ocupa la cúpula de la pirámide.

Quince días o más de confinamiento
Quince días en los que es de obligado cumplimiento estar recluidos en nuestros hogares. Reclutados sí, en pos de no empeorar la situación. Evitar, en la medida de lo posible, un incremento de contagios por la enfermedad ocasionada por el coronavirus COVID-19.

Reducir la inversión en ciencia, investigación y desarrollo, en contratación de personal y compra de material sanitario, en construcción de hospitales es un craso error, una equivocación constante que no termina de espabilarnos. Inyectar partidas económicas en I+D+i es una PRIORIDAD inminente.

La ciencia es riqueza en nuestro planeta. Sin salud el resto de la cadena se rompe, se resquebraja, perece y desaparece.

Ahora, cuando el miedo a infectarnos acecha, cuando la posibilidad de perder la vida se vislumbra, los médicos cobran vida para nosotros, son nuestros ángeles vestidos de blanco con mascarillas y guantes.

Gracias a ellos, a la ciencia, nuevamente recibimos un sopapo merecido.

Es en esta crisis cuando también aprendemos, a pasos agigantados, a valorar infinidad de actitudes. La primera y más importante somos a nosotros mismos, a las personas que nos rodean.

Las alarmas saltan ¿estás solo o, hay alguien a tu lado? Descubres quiénes se preocupan realmente por ti.

Desde que el término confinamiento es pronunciado, salir de casa no es una opción sino una cuasi imposición por un tiempo… Repentinamente eres consciente del gran regalo que se nos brinda, de lo afortunados que somos al poder disfrutar de la compañía de nuestros seres queridos, en esta vasta incertidumbre, en la dureza de este camino.

Plantéate dos escenarios ¿cuál es más soportable?
1. Uno, en el que, durante unos quince días mínimo, estás solo, rodeado de dudas, miedo y preocupación. Te enfrentas despavorido a lo desconocido desde el amanecer hasta el anochecer. No existe tecnología digital: Skype, llamadas, WhatsApp… que supla el abrazo, el tacto, el beso, el cariño sentido.

2. Y ahora, imagínate encerrado en tu hogar acompañado, protegido, resguardado. La agonía y el cansancio se sobrellevan con mayor serenidad y esperanza.

El coronavirus nos ha hecho dar un paso atrás: todavía existe bondad en medio de tanta competitividad, egoísmo y capitalismo. En estos momentos en los que se han perdido los valores verdaderos, surgen personas voluntarias capaces de ayudar a los que más nos necesitan, nuestros mayores.

La crisis, en este estado de alerta, está avivando nuevas formas de relacionarnos: disc-jockeys tocando en su balcón para animar al vecindario, ciudadanos jugando al bingo a “grito pelado” por sus ventanas, monitores dando clases por megafonía en urbanizaciones…

Todo por un objetivo común: apoyarnos los unos a los otros aportando un ápice de humor y de confianza a este confinamiento obligado, para luchar unidos contra este virus.

El miedo acompañado es luz al final del camino.

Esperemos que esta epidemia sea una oportunidad para despertar nuestros sentidos.

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